Después de Pelayo, y antes que el arzobispo Osoro la levantase, Francisco Franco ya enarboló el actual símbolo del Principado de Asturias, destruído por los mineros en 1934, y por un ladrón en 1977

Franco enarbola el símbolo de la Comunidad Autónoma Principado de Asturias, después de Pelayo, y antes que Osoro

La Cruz de la Victoria, símbolo oficial de Asturias, debe su potencia iconográfica, al mito histórico del caudillo Pelayo, que según las crónicas hispánicas, la enarboló victoriosamente en la célebra batalla contra “los moros”, lo que de acuerdo con el relato de esas mismas crónicas, daría comienzo a una gran gesta histórica y a uno de los más inagotables debates historiográficos, al marcar el inicio de la Reconquista, dilatado período del pasado español que condujo desde Covadonga hasta Granada, en la larga marcha de la creación de la Nación española, sin duda uno de los primeros estados centralizados de Europa, que alcanzaba su plena vertebración, tras un dilatado período de lucha entre el fraccionalismo medievalizante y la centralización impulsada por las nuevas monarquías, que como la hispánica, daban carta de naturaleza a los nacientes estados nacionales europeos, algunos de los cuales, como Alemania e Italia, se fraguaron de manera muy tardía.

Ahora pagamos con dureza, el haber sido tan madrugadores, y este símbolo, que “protege a los creyentes y vence a los enemigos”, como reza su oculta leyenda en los monumentos del Asturorum Regnum, tiene, como todos los símbolos auténticos, una fuerza que renace por encima de mil destrucciones e intentos de ocultación.

Que todo esto está hoy en cuestión, por mil motivos -el simbolismo de la Cruz de la Victoria forma parte del eterno debate sobre las tesis de Claudio Sánchez Albornoz-, es cosa archisabida, pero no es menos cierto que tantos “cuestionamientos” en nada disminuyen la enorme carga como símbolo del icono que representa, de manera más cabal, la historia de la Reconquista y la polémica crítica sobre lo que se vino en llamar el “covandonguismo”. Eso, ni más ni menos, es la Cruz de la Victoria, y que sea o deje de ser el emblema institucional de la comunidad autónoma Principado de Asturias, es asunto muy reciente, decidido en tiempos de la Transición, que en ningún caso puede disminuir otros significados, que para bien o para mal, son más relevantes. De ahí el empeño en ocultarlos y el miedo a la verdad histórica.

Pero lo cierto es que aquí se intentan ocultar muchas cosas, y eso tiene poca explicación en estos tiempos, en los que tanta gente parece haber convertido la historia en bandera política. Desde Jesucristo hasta Lenin, la “verdad” ha sido la bandera de grandes y radicales movimientos. Todos hablan de la historia y de la verdad, y no sé por qué -¡cínico que soy, vaya si lo sé!-, en el fondo la odian.

Y es que corren tiempos, no de amor a la verdad, sino de “memoria histórica” -que por lo visto, no por todos, ¡claro!, es otra cosa-, y todo el mundo sabe a lo que me refiero, es decir, a la operación muy probablemente concebida por Juan Luis Cebrián y otros personajes de su entorno político y mediático, que fue acogida de manera entusiasta por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, como una exitosa estrategia para aislar y debilitar al Partido Popular, tensando las contradicciones de la llamada “derecha española”, de la que se decía, al menos hasta ahora, que había realizado un buen servicio a la democracia, al integrar a la “derecha moderada” con la “extrema derecha”, desactivando la pulsión radical de un amplio sector de la sociedad española.

Los daños de la operación, que poco a nada tiene que ver con la recuperación de la historia y el homenaje a las víctimas de la Guerra Civil, y sí mucho con el sectarismo y la generación de odio y enfrentamiento como táctica política de lo más ruín y rastrero, están siendo desoladores, pero el objetivo de que la ciudadanía se olvide de los graves males que aquejan a la patria, también se logran.

Lo que vino después del lanzamiento de la “Operación memoria”, hasta llegar a los delirios jurídicos del juez Baltasar Garzón, es sobradamente conocido, y no hace al caso en este artículo, salvo para recordar que en este país podemos tener la falsa impresión de que nos gusta recordar los hechos históricos y las cosas del pasado, dado que tanto hablamos de “memoria” y de “historia”. Y sin embargo, no hay pueblo como el español, tan poco aficionado a la verdad, y tan dado a falsear y ocultar todo, ya sea sobre el pasado remoto o el más reciente. La paradoja es gruesa, y hoy les traigo un ejemplo clamoroso, sobre cómo en la vida cotidiana se denigra y se oculta la historia, cuando no se destruye, como es el caso de la manera tan infantil en la que en Asturias, por ejemplo, se escamotea el pasado de sus símbolos más notorios.

Como muestra de lo que digo, este sorprendente botón, que sucedió en Asturias el sábado 25 de octubre, a cuenta de la decisión de la Archidiócesis de “consagrar” tan bella region a la divinidad, “al ser dedicada y ofrecida a Dios”, con una brillante ceremonia, que consistió en trasladar la Cruz de la Victoria, desde la Catedral de Oviedo a la Basílica de Covadonga, para allí procesionar entre la basílica y la cueva del Real Sitio, donde fue consagrada tras el rezo del rosario por el arzobispo Carlos Osoro con una misa concelebrada por sesenta sacerdotes, que fue presidida por el propio arzobispo, en compañía del arzobispo auxiliar, Carlos Berzosa.

La crónica que realizó de estos acontecimientos el impecable periodista asturiano Javier Morán, pasará a los anales del buen hacer en esta noble profesión hoy tan degradada, desde el punto de vista de la minuciosidad del cronista, el pormenor del relato y la corrección del estilo, pero sin duda, su trabajo adolece de algunos olvidos, que llaman profundamente la atención, pues no hay en sus palabras ni una referencia al pasado simbólico de la joya, del que tan sólo se dice que es “emblema del Principado” -ese papel que ahora se le quiere otorgar, en una extraña mezcla de un título de los herederos de la Corona con el territorio de una comunidad autónoma española-, con lo que se olvida, como decíamos, su papel histórico en la crónica de la Reconquista y más concretamente de la vida y los hechos del caudillo Pelayo y su célebre gesta de Covadonga.

Espero que nada tenga que ver con todo este extraño juego, la coincidencia entre esta exaltación de la Cruz de la Victoria y la dedicación de Asturias “a Dios”, con la visita del Príncipe que lleva este título para entregar los premios que también gozan de ese nombre, pues podrían buscarse ahí infinitas paradojas.

Pero volviendo a lo nuestro, hay que decir que también se olvida su doble y completa destrucción en dos ocasiones, una en 1934, con los violentos sucesos de la “Revolución de Octubre”, y otra en 1977, cuando fue robada y destrozada nuevamente por un ladrón que enterró algunas de las piezas arrancadas de esta cruz, que fueron encontradas junto con los restos destruidos de la Cruz de los Ángeles, la Caja de las Ágatas y otras memorables piezas que se custodiaban en la Cámara Santa de Oviedo, donde habían sido adoradas durante siglos por los peregrinos que se dirigían a Santiago.

Es más, en la llamativa desmemoria de nuestro periodista, en su crónica de los hechos eclesiásticos  -¿es intencionada?; ¿es, por el contrario, involuntaria?-, al contarnos la salida de la cruz este sábado de la Catedral, sorprende cuando dice mi admirado Morán -y que conste que esta declaración es totalmente sincera- que “cuatro agentes del Cuerpo Nacional de Policía habían accedido a la Catedral de Oviedo y el canónigo Manuel Ángel Acebal había tomado sus números profesionales para confeccionar el acta que recogería todos los detalles del primer viaje de la Cruz de la Victoria fuera de su recinto de siglos“.

¿Por qué dice esto Morán, que me consta que no es hombre que acostumbre a morderse la lengua? Es obvio que lo hace por la inercia de un estado de cosas que vivimos a diario, la presión que vive el periodista contra la memoria, el recuerdo y la verdad, que llega a apoderarse de nosotros, haciéndonos falsear el pasado a diario, como una de las indeclinables obligaciones del trabajador de la pluma por cuenta ajena. El pasado de la Cruz de la Victoria es incómodo, y por lo tanto, debe ser soslayado, Asturias no puede tener como símbolo una cruz cargada de pasado, y por lo tanto, ese pasado debe ser borrado, o como mucho, subrepticiamente aludido por la Iglesia, en un ritual cargado de metáforas, sinécdoques y disimulos, que se desarrolla a hurtadillas, no vaya a ser que se enfade el poder civil.

Pues no es así, la Cruz salió al menos dos veces de la Catedral de Oviedo; una, tras su recuperación por el arquitecto Alejandro Ferrant y el historiador Manuel Gómez Moreno, completamente destruída, rebuscados sus restos de entre los escombros de la Cámara Santa, para ser restaurada por los orfebres Horacio Rivero Álvarez y Luis Aguilar, que la rehicieron de manera fantasiosa, bajo los dictados de una comisión compuesta por José Serrano y José Fernández Buelta, conocidos como “la Pepancia” por el ya fallecido cronista de Asturias, Joaquín Manzanares, quien me contó personalmente, en curiosa anécdota publicada por el periodista Javier Neira -que por cierto trabaja en el mismo periódico que Morán, y con el que más de una vez hablé de este asunto- , cómo habían tirado al fuego el “alma de madera” de la cruz, para sustituirlo por una nueva cruz de roble, que fue recubierta por materiales nuevos en su totalidad, por los orfebres que la revistieron con los nuevos materiales de pedrería y las piezas de orfebrería financiadas con los donativos populares que se recogieron con aquella finalidad. En 1942, cuando culminaron los trabajos de restauración de la Cámara Santa, Francisco Franco enarboló personalmente la Cruz de la Victoria para devolverla al nuevo templo, que también, como la cruz, fue reconstruído con criterios historicistas más que dudosos.

Si a esto añadimos que la Cruz de la Victoria fue totalmente destruida por el ladrón que expolió la Catedral en 1977, como sabe muy bien su abogado, Antonio Masip, hoy eurodiputado del PSOE, cabe preguntarse qué pasa con nuestro “inconsciente colectivo”, cuando somos capaces de transformar la cruz enarbolada por Pelayo contra los “moros”, y por Franco contra los “rojos”, destruída por dos veces al menos, una por los “rojos”, y otra por un “caco”, en el símbolo vivo del Principado que “nunca salió” de la Catedral. Esto sólo puede ocurrir en la España de la memoria histórica, y en la tierra sublime que fue capaz de convertir el himno de los borrachos en la música oficial de las ceremonias astures, a pesar de que no son pocos los que todavía sienten un estremeciemiento, cuando en plena entrega de los Premios Príncipe de Asturias se levantan ceremoniosos para escuchar su sinfónica interpretación por una atronadora ordalía de gaiteros, que invaden el patio de butacas del Campoamor, conminando a los asistente a estos solemnes actos, a alcanzar el éxtasis protocolario, ante tamaña dosis de chocante solemnidad preñada de extravagancia.

¿Será por eso que el Príncipe del Principado y la Cruz que lo simboliza, viajaron el sábado por Asturias sin encontrarse? ¡Qué cosas!

 


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