De momento, banderas y megáfonos resisten bastante bien la crisis
Menudo papel de comparsas han jugado buena parte de los representantes territoriales españoles en esta última ronda de negociaciones sobre la reforma de la financiación autonómica, en la que Zapatero tomó las riendas del proceso, ante la más que evidente deserción de Pedro Solbes en el asunto, con la continua amenaza de fondo que llega desde Cataluña, y en concreto, desde el PSC, que valoró públicamente la posibilidad de retirar el apoyo de sus parlamentarios a los presupuestos 2009, sin olvidarse de las iniciativas que en estos momentos se desarrollan en aquella comunidad -con credibilidad intermitente-, encaminadas al lanzamiento de una “consulta” para la independencia, similar a la que lanzó en su momento en el País Vasco Juan José Ibarretxe, ahora seriamente amenazado por una posible victoria del Partido Socialista.
La amenaza territorial destruye el estado social
El juego viene siendo así desde la muerte de Francisco Franco, a partir de la aprobación de la Constitución y las leyes electorales que hicieron posible que España diese un golpe de péndulo, desde la centralización franquista, hasta llegar al extremo máximo de rotación con esta confederación de facto, basada en la torsión del texto constitucional, mediante la aprobación de estatutos de autonomía que violan abiertamente la Carta Magna -¡pedantería!-. Es un un extraño juego de presiones que pasa por la manipulación política de los altos tribunales y órganos de control jurisdiccional, como el Tribunal Constitucional, que viene siendo utilizado como amenaza y como freno, ante la posible y siempre aplazada declaración de inconstitucionalidad del texto catalán aprobado en el Congreso de los Diputados -lo que algún día se traducirá en algunos “retoques”-, cuya impugnación podría causar un terremoto de expectativas independentistas en Cataluña, y por lo tanto no se va a producir. Pero en el camino, jugamos con la amenaza como motor de la vida política, que erosiona conciencias y destruye la dignidad de los ciudadanos españoles de los territorios humillados, como es el caso de extremeños, gallegos y asturianos, que se ven convertidos en los nuevos marginados, excluídos y maltratados en los protocolos oficiales de este Estado, indefinido e indefinible, cuya realidad institucional no son los órganos de la administración, sino el “blanco sofá” en el que Zapatero sienta a los dirigentes de los diecisiete cacicatos, como muy bien describió la escena el periodista Javier Morán.
Entre la definición del Estatuto de Cataluña como un “texto de mínimos” por parte de los nacionalistas, incluídos los considerados “nacionalistas moderados”, y la amenaza de su modificación por el Constitucional, la realidad es que los socialistas catalanes del PSC, han conseguido jugar un papel parecido al que juega el PSV en el País Vasco, postulándose como la fuerza que es capaz de ejercer de soporte sobre el que pivota un bolo chiflado, que a veces gira en dirección centrífuga, y otras veces apuesta por el giro centrípeta. Es una especialidad socialista. Patxi López parece haber sido capaz de volver locos a los vascos, prometiendo unas veces que él hará el referéndum -de manera legal, por supuesto-, y otras arrinconando a Ibarretxe en su limitado espacio, tras convocar la “consulta” para luego aceptar su impugnación. Es el mismo juego de José Montilla, unas veces amenaza con dejar a Zapatero sin presupuestos y lanzar sus cargos al apoyo de plataformas independentistas como decidim!, y otras es el hombre providencial, cuya influencia y “reuniones secretas” -secretas a voces- con José Luis Rodríguez Zapatero, consiguen hacer valer la letra del Estatuto catalán, pendiente de la espada de Damocles del Constitucional.
El efecto letal de las “balanzas fiscales”
El hecho es que en pocos meses, el cambio ha sido brutal, y desde los tiempos en que los “barones” socialistas eran eso, “barones”, para cenar igualitariamente con Zapatero en La Moncloa, excluyendo a los presidentes del PP, esto ha cambiado mucho, y ahora entre Zapatero y Montilla han pegado un giro a la situación, a base de esas “reuniones secretas”, que vino a consolidar algo que podríamos definir como el “confederalismo asimétrico pendiente del Constitucional”, en el que ha surgido una nueva y terrible realidad, que destroza un poco más de lo que ya estaba, la erosionada idea de España, al haberse materializado la amenaza de la publicación de las balanzas fiscales, de las que ya no habla nadie, pero que jugaron un papel esencial en la definición de la nueva realidad: la de los “españoles pobres” y los “españoles ricos”, una idea repugnante para la idea de nación, que parte de la igualdad de los ciudadanos como premisa básica. Para lo que no sirvieron las “balanzas fiscales”, como era de temer, es para controlar la calidad del despilfarro con el que luego se pulverizan los recursos públicos en los cacicatos.
El caso es que siga el festín de las oligarquías partitocráticas
Aquí de lo que hablamos en realidad es del festín público que tienen organizado las diecisiete partitocracias territoriales que juegan a despedazarse entre ellas, en una pelea por los recursos aportados por unos ciudadanos, dominados por la estupefacción, el desconcierto, y muchas veces la estulticia -eso es ya la condición humana-, pues en una crisis económica como la que vivimos, parece increíble que aún nadie se haya planteado que el problema del laberinto español no son las esencias nacionales, sino esas diecisiete clases políticas nutridas de manos muertas, que lanzan al país a un déficit insostenible, para mantener tan pintorescas cortes y sus redes clientelares de cortesanos y empresas “rescatables”, como premisa indiscutible para que al ciudadano le pueda llegar algún empleo que palíe la creciente masa de parados de todas las comunidades, ricas y pobres, pues en la verdadera pobreza no caben distingos raciales ni “culturales”, un parado es un parado, sea cual sea la lengua que emplea.
Una nación -y se puede decir que España ya no lo es, pues cada vez se parece más a la mafiosa Italia- no puede soportar tranquilamente el papel que jugaron los presidentes de Extremadura, Asturias y Galicia, en esta última tanda de negociaciones, convertidos ya en los representantes de las “comunidades pobres”, en contra de los representantes de las “comunidades ricas”, un statu quo que da buena cuenta de la aceptación generalizada del nuevo estado confederal y asimétrico -redundancia que de momento resulta pedagógica, pues todos los estados confederales son asimétricos por definición-, cuya característica más dura para la ciudadanía española, es la naturalidad con la que se acepta el protocolo con el que se recibe en La Moncloa a los “ricos”, y el maltrato que se dispensa a los “pobres”. A los presidentes que doblan el espinazo les da igual, ellos ya están bien preparados para la crisis, pero sus administrados sí que lo van a notar en su calidad de vida inmediata.
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