El talibnaismo de nuestros gobernantes no es menos destructivo que el del Mulá Omar

El talibanismo de nuestros gobernantes no es menos destructivo que el del Mulá Omar

El Ministerio de Cultura viene chocando sistemáticamente con el Ministerio de Industria, a cuenta de la campaña fundamentalista organizada por el ministro César Antonio Molina, que espoleado por el extraño sindicato de saltimbanquis, titiriteros y tragasables que sojuzga nuestra libertad, se dedica a financiar campañas destinadas a injuriar a los ciudadanos que intercambiamos archivos digitales, llamándonos ladrones, y equiparándonos a las mafias que se lucran con la venta de copias de películas y grabaciones musicales, en soportes gravados con el llamado “canon digital”, que se aplica de manera indiscriminada y retardataria a todos los ciudadanos, como si el fraude de la compraventa de productos grabados ilegalmente, fuese un uso generalizado entre la ciudadanía, y no la actividad residual de unos cuantos delincuentes, cuyas actividades podrían cesar de una vez, si fuesen adecuadamente perseguidos por quienes se pasan el día clamando contra la situación, y en realidad van en moto con el actual estado de cosas.

Me explico. El negocio a mi juicio ilegítimo de los sindicatos de tragasables es de una dimensión pavorosa, y no hace mucho que la Asociación de Internautas estimaba que la recaudación para el año que termina, como consecuencia de la aplicación de estas gabelas en el fielato digital, podría ascender a unos 225 millones de euros, unas cantidades realmente escalofriantes, si se tiene en cuenta la absoluta opacidad y la falta de control público sobre una recaudación, que tratándose a todas luces de un impuesto, es sin embargo una exacción establecida por ley, que se recauda en el ámbito privado, y que sólo tiene parangón con derechos medievales como el portazgo o el pontazgo, que autorizaba a los señores de horca y cuchillo a esquilmar a los ciudadanos de a pie, por obra y gracia de una concesión real.

¿Qué méritos aducen los tragasables para haber resultado acreedores a tan escandaloso privilegio? Ninguno. Basta con formar parte del sindicato. No hay que demostrar nada. En tiempos de Ludwig van Beethoven -cuya obra fue vilmente saqueada por un conocido miembro de este sindicato, Miguel Ríos- Edgar Allan Poe o Vincent van Gogh, el artista era indivíduo que se las arreglaba para sobrevivir, vendiendo el producto de su arte, que luchaba contra sus demonios particulares, y que en el caso del citado pintor holandés, llegó a seccionarse su célebre oreja, en un acto de desesperación creativa que ha servido para dar nombre a uno de estos grupos beneficiarios del mito de la cultura, creado a mayor gloria del pabellón auditivo de tan insigne como torturado artista.

En definitiva: cuando existía un fenómeno denominado arte, la condición artística era conquistada a costa del sacrificio personal del creador, mientras que ahora basta con pertener a un sindicato, cuyo mayor mérito estriba en participar en las campañas electorales, haciéndole la pelota a los futuros presidentes de los gobiernos que, agradecidos por tan grandes servicios, hacen objeto de tales privilegios a semejantes enjabonadores profesionales, que si tuvieran que vivir de sus propios méritos, no tendrían otro remedio que comer la sopa boba y dormir en los albergues de caridad, pues en realidad no existe filtro alguno para evaluar su calidad, ya que ahora ni las ventas sirven a tal efecto, dado que sus productos están desapareciendo del mercado.

La masificación y la creación mercantilizada, han dado al traste con el arte, con la música, la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, y en general, con todo el universo fascinante y creativo que conocimos en otra época, alumbrando así una industria de la vulgaridad mediocre y ramplona, elevada a la categoría de arte por decreto, en virtud de los intereses de la clase política que financia edificios horrísonos, contrata músicos cacofónicos y charangas para auditorios y fiestas populares, encarga la decoración de cúpulas y bóvedas a pintamonas y llena las ciudades de artefactos diabólicos, colocados en calles y plazas que decoran a su capricho, como si fuesen los salones de sus casas, sin que nadie les interpele por la imposición masiva de objetos de gusto execrable, que convierten el paseo por cualquier ciudad de occidente en un contínuo sobresalto, por la cantidad y lo horrísono de tales objetos que transforman nuestras ciudades en auténticos templos del mal gusto (cada vez que veo las “tetas” de Sabino Fernández Campo en el paseo de los Álamos de Oviedo, me pregunto cómo puede aguantar tal vejación tan encumbrado personaje).

Como los responsables de estas decisiones son los miembros de la clase política, han dado en fomentar una industria, que además de  todo lo antedicho, ha de ser sorda, muda y ciega de necesidad, ajena a todo sentimiento humano y a toda significación, pues para recibir un encargo de esta clase, sólo se puede resultar agraciado, si se es autor de películas llenas de moralina, novelas babeantes, pinturas insignificantes, esculturas deformes y chirriantes o edificios inútiles para el uso para el que supuestamente fueron concebidos. Es decir, hemos alumbrado un nuevo talibanismo, tan destructor como el del Mulá Omar que se cargó los budas de Bamiyan, y ese talibanismo no es otro que el de nuestros dirigentes, que han puesto a sueldo a esta enorme ‘troupe’ de indocumentados, que han sustituido exitosamente en nuestra sociedad el atávico papel del hechicero, al servicio del jefe de la tribu.

Para cuándo una revolución estética que acabe con toda esta miseria ética, que destruya el negocio con el que nos drogan y atontan mediocres y miserables, devolviendo al arte y a la creativad el papel perdido en una sociedad idiotizada, estúpida y adormecida, que ahora está descubriendo horrorizada, que mientras los titiriteros del poder nos entretenían con sus partos de los montes, la clase política drenaba todo el papel moneda, junto con sus jefes financieros, a los paraísos fiscales. Es hora de poner en solfa esta miseria que nos rodea, volviendo a valorar los mensajes, el significado, los escritos con contenido, el arte comprometido, el periodismo de opinión, la música con mensaje, los sonidos coherentes, los edificios funcionales. En definitiva, se trata de devolver a las cosas su significado, acabando de una vez por todas con el talibanismo que gobierna las sociedades occidentales, en nombre de no se sabe qué democráticos principios que nos han dejado arruinados, empobrecidos y con cara de gilipollas.


Etiquetas: Ludwig van Beethoven, Mulá Omar, Vincent van Gogh, César Antonio Molina, Miguel Ríos, derechos de autor, Edgar Allan Poe, Sabino Fernández Campo, propiedad intelectual, canon digital, SGAE, Ministerio de Industria, Ministerio de Cultura
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