Manifestante ante San Juan de Letrán, Roma

Manifestante ante San Juan de Letrán, Roma

Alguna razón muy profunda vincula las llamadas “organizaciones sociales” con los gobiernos socialdemócratas, y resulta que esa ligazón, y en buena parte sólo ella, explica la apariencia de tranquilidad que preside la convivencia en España, en donde no se ha escenificado aún la ritual protesta de los sindicatos mayoritarios ante una situación económica y social sin precedentes, sin que eso quiera decir que la ciudadanía no esté realmente consternada ante la dimensión del profundo y grave cataclismo económico que vivimos. Simplemente, los sindicatos están paralizados por la dimensión de lo que ocurre, y también por la falta de confianza en si mismos, de unos dirigentes sindicales que se saben dependientes del gobierno hasta para ir al retrete. Pero eso no rebaja ni un ápice la sensación de dolor de estómago que tenemos todos los ciudadanos que sabemos realmente lo que pasa, y no nos consolamos con la palabrería de los políticos a los que les tocó apurar este cáliz.

En realidad, todos sabemos que se trata de una situación, en la que poco importan las escenificaciones, cuando nos encontramos ante algo, de tales dimensiones, que hace que esta vez resulten superfluos los espectáculos concebidos para tiempos de bonanza. ¿Qué aporta ahora un desfile de sindicalistas paniaguados? Poca cosa, desde luego. Toda España sabe que lo que estamos viviendo viene para quedarse, y  que de nada valen las declaraciones retóricas que aplazan la “recuperación” tres meses, seis, o un año. Vivimos un “cambio” de modelo económico, por llamarlo de alguna manera, y aquí ese “cambio” de modelo nos coje en una situación especialmente grave, porque nuestra estructura política ha multiplicado hasta la locura las administraciones inútiles, que se han financiado con negocios especialmente suicidas para la colectividad. Administraciones inútiles decisiones inútiles. Consecuencia: un país profundamente desindustrializado, en el que el liderazgo de la actividad correspondió a los negocios sucios de los que manaron las fortunas, plasmadas en montañas de papel moneda acumuladas en los paraísos fiscales, de los nuevos plutócratas. Es lo que tiene renunciar a la participación en los asuntos públicos. La España desmovilizada ha sido un paraíso para la partitocracia, ahora felizmente enriquecida.

La enorme manifestación del viernes en Italia, convocada por los sindicatos -700.000 según los organizadores-, no coge a la República Italiana con el paso más cambiado que aquí, ante el vuelco económico que a todos nos tiene acongojados, por sus presumibles consecuencias. Otra vez, como en tiempos de las crisis cíclicas del petróleo, vivimos un problema global, pero con elementos totalmente novedosos. Eso sí, allí, en Italia, está Berlusconi en el gobierno, y aquí no. Ya me entienden. Pero la realidad es que en todo el mundo desarrollado, el susto ante las noticias que llegan un día sí y otro también, como los anuncios de enormes recortes de empleo en la Nissan o en Microsoft, forma parte de un estado de ánimo inevitable ante la permanente letanía de las noticias horrorosas. Ante problemas así, quién gobierne, en un sistema como el nuestro, es algo que sólo importa a los que se benefician directamente del triunfo de una de las dos opciones: como los sindicalistas de pega.

Puede decirse a  la vista de la situación que vive Europa, que la manifestación de Roma, estaba dedicada en realidad, aparte de a desgastar al gobierno italiano -que tampoco vive sus momentos de mayor lucidez-, a dar un toque de atención a los siete que se reunían en la capital del mayor imperio que hubo en el planeta, antes del que ahora se derrumba con Obama a la cabeza. En realidad, los siete, no hicieron otra cosa que demostrar la incapacidad de los ejecutivos de todo el mundo desarrollado, incluído por supuesto el gobierno demócrata encabezado por el propio Obama -¡qué fue, en unas pocas semanas, de las grandiosas esperanzas!- para dar una respuesta a una situación de deterioro galopante de las economías y de las sociedades más desarrolladas, mientras en el resto del planeta, la pobreza y el hambre vuelven a enseñar su horrible cara.

Al final, el debate de Roma, cuya imagen más colorista es la manifestación sindical -que aquí no tuvo mucha publicidad; no conviene-, se quedó en declaraciones retóricas sobre la lucha contra el proteccionismo, que hace su aparición en el plan del presidente americano y en el que Francia lanzó para reforzar la industria del automóvil en suelo francés.

¡Ojo, si la situación americana da miedo, la recesión en Europa se ha manifestado con una virulencia que supera todas las expectativas! Los datos de crecimiento de este último año no dejan a nadie a salvo, y cada vez se hace más difícil mantener apartados a los ciudadanos del interés por las razones profundas que hicieron saltar por los aires un sistema financiero que evidentemente tiene problemas mucho más graves que la mera falta de controles, invocada continuamente como explicación de lo que sucede. Un sistema basado únicamente en el papel moneda, y en concreto en el dolar, que lo fía todo a la impresión ilimitada de billetes, hasta superar el valor a precios del mercado de hace un año, de todos los bienes y derechos existetentes en el planeta, no puede dejar de estallar, porque al final no es otra cosa que un gran Monopoly, sin más, un juego loco en el que nada se corresponde con cosas reales y tangibles.

Las fortunas acumuladas por ambiciosos, locos y corruptos, pueden ser en breve montañas de papel inútil. Cómo no coincidir con el mejor Galbraith, el que vio que la pompa del poder no puede ocultarnos que los pueblos pueden estar, a menudo, gobernados por los más inútiles.

Ante semejante paisaje, la existencia de grandes sindicatos dependientes de las aportaciones dinerarias de los gobiernos, que siguen actuando como “correa de transmisión” de la sedicente “izquierda”, es ahora una mera anécdota, por mucho que en España sea ésa una de las habituales lamentaciones de la derecha política, porque ante la gravedad de la situación real, que los sindicatos monten o no el espectáculo en la calle, no tiene ahora la entidad que tuvo, por ejemplo, en una España en la que todavía las convicciones aguantaban el tirón, como cuando tuvo lugar la huelga que enfrentó en 1988 a Nicolás Redondo con Felipe González.

Son otros tiempos. Ahora, a diferencia de entonces, ya nadie se cree nada. Sencillamente, todo el mundo sabe más o menos qué se cobra por trabajar de “sindicalista”, y que cuando gobiernan unos tienen el convenio mejor establecido que cuando gobiernan otros,  y por eso, los sindicatos, como los ecologistas, las feministas, los consumidores, los pacifistas, o en general las llamadas “organizaciones no gubernamentales” -por supuesto que entre todos ellos hay honrosísimas excepciones; esto siempre hay que decirlo- son más proclives a organizar sus cortejos, festejos y lanzamientos de fuegos artificiales, cuando quien gobierna es más cicatero con ellos, como organizaciones subvencionadas, que cuando la generosidad del ejecutivo llena sus arcas siempre exhaustas.

Por eso, más allá de la anécdota, tiene poca importancia de fondo si los sindicatos salen o no salen a la calle, una reflexión en voz alta que se hace mucha gente estos días en España, a cuenta de la “crisis”.

Es evidente que si no gobernase el PSOE, y lo hiciese, por ejemplo, el PP, España entera sería un clamor sindical, por dos razones que vimos como algo obvio: porque las cosas están muy mal, y porque al PP le cuesta mucho embadurnar suficientemente a los dirigentes sindicales, algo que tiene que ver con la falta de realismo político y, por qué no, el egoísmo de los dirigentes populares, que son menos dados a repartir con los actores de la farsa; prefieren dedicar los fondos públicos a otros negocios.

Se que lo que digo no es muy popular, pero no por ello es menos cierto.

¿Se trata de algo especialmente vergonzoso lo de los sindicalistas y demás mantenidos de la izquierda política? A mi entender, y sólo en cierto sentido, no. Lo de todos estos grupos que viven en la periferia de la política, de las sobras de la política para ser más exactos, no puede extrañar a nadie, cuando a diario vemos el espectáculo duro y desmoralizador, que nos ofrecen los propios dirigentes políticos, responsables judiciales y gurús mediáticos, que juegan con las comisiones, los convolutos, el cohecho y la propaganda institucional, para administrar este espejismo democrático en el que vivimos, que empieza a hacer aguas de una manera incontrolada, puesto que el derrumbamiento de la financiación pública de los medios de comunicación, está quitando y quitará muchos frenos a la información.

¿Por qué van a chupar siempre los mismos?, se preguntan indignados los que desde las organizaciones que gestionan el “consenso” social, se manifiestan especialmente ofendidos cuando la derecha se niega a que les llegue a ellos el maná público.

En realidad todos hemos visto cómo nuestros mandatarios, desde que nuestra memoria tiene capacidad de recuerdo directo, es decir, desde que cada uno de nosotros somos testigos de la historia, se hicieron en realidad multimillonarios, sin grandes problemas al respecto. Para un ex presidente del gobierno central o autonómico, para un ex ministro, aparecer públicamente como un indivíduo que se hizo muy rico, es algo que va ya asociado al reconocimiento de su capacidad y su status.

¿Tiene algo que ver la crisis que vivimos con la generalización de la idea de que la corrupción ha ido más allá de lo razonable en la vida pública de las economías desarrolladas?

Desde luego parece muy difícil negarlo, así que enfadarse con los sindicalistas que protestan contra los gobiernos de la derecha y no contra los de la izquierda, porque  con los primeros les llega a ellos una parte alícuota más reducida de la grasa del sistema, no deja de ser otra forma de cinismo de muy poca solvencia intelectual.

La derecha de este país tiene muy poca solvencia intelectual. No entiende lo evidente. Si quieres que tampoco protesten cuando gobiernes tú, ¡paga!, ¡reparte mejor!

Dejando a un lado estas interesantes circunstancias de nuestra actualidad, lo cierto, lo grave, lo perentorio, es que España no puede seguir bajo esta tremebunda paralisis política y social, pues se trata de un país en el que todo parece estar perfectamente atado, como decimos,  a efectos de la necesaria movilización social, a la vez que todo se derrumba, pues con noticias como las que nos llegan con el plan francés para el automóvil, o los recortes de los fabricantes japoneses, parece imparable el derrumbamiento de la única y dependiente industria nacional -una industria, la española, que se encuentra por debajo ya del 14% del PIB-, que además es el único motor de la siderurgia, cuya liquidación dejaría regiones enteras como Asturias al borde de la devastación.

Es imposible no comprender humanamente la parálisis que atenaza al personal, pero si alguien cree que quedándonos en nuestras casas, vamos a resolver algo, estamos apañados, pues nadie, y ahora menos que nunca, va a venir a traernos la comida a domicilio. Eso sí, se acabó el cuento de los agitadores a sueldo.  Ellos no pueden encabezar la protesta, porque entonces no será una protesta, sino una farsa mas. Es la hora de los ciudadanos, de los trabajadores, de los autónomos y de los empresarios que padecen en sus carnes las consecuencias de los males del sistema. Por primera vez en mucho tiempo, probablemente desde las grandes revoluciones de comienzos del siglo XX, el control social se encuentra al borde del colapso, ante el desprestigio de la disidencia subvencionada o estabulada en el propio Estado.

Ésa es la gran novedad.

Manifestación en Roma, coincidiendo con el G-7


Etiquetas: Felipe González, Cambio de modelo, crisis, 1988, G7, Roma, Nicolás Redondo, Sindicatos estabulados
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