
Los promotores de Atlática XXII, un grupo de románticos incurables, en una sociedad asquerosamente materialista
Aprendí a venerar a los viejos maestros al contemplar una película -¡cómo somos!- que los retrataba con la satírica e implacable visión del llamado neorrealismo italiano, pasado por el tamiz comercial de Amarcord, la cinta de Federico Fellini que como tantos otros disfruté a muy tierna edad en la correspondiente sala de “arte y ensayo”, donde el franquismo finiquitado administraba, encapsuladas en cines “de cosas raras”, las peliculas que no venían directamente de Hoollywood ni de la eterna saga de don Alfredo Landa.
Los viejos maestros eran peculiares, chocantes, extravagantes, a veces caprichosos, y generalmente lúcidos, pues no puedo recordar sin nostalgia las cosas que me enseñaron en el Instituto Alfonso II de Oviedo, donde cursé el bachiller, si las comparo con lo poco que me tienen que decir la inmensa mayoría de los profesores de la universidad actual, que en el caso del alma mater ovetense sorprenden especialmente por su mutismo, cuando no por su radical ausencia de la vida cotidiana, salvo las evidentes excepciones de rigor que todos conocemos por su febril actividad. La academia está cada vez más recluída en su atmósfera artificial.
Recuerdo con especial pasión al miope Pedro Caravia y a su menos conocida esposa, Clotilde Nogueras, que sabía convertir sus peculiarísimas lecciones de geografía en auténticas experiencias de formación para la vida cotidiana, con su extrovertida manera de trasladar las más variadas lecciones de asilvestrada incorrección, a quienes nos sentabamos en aquellos desvencijados pupitres que daban la sensación de seguir instalados en la posguerra. De entre toda la nutrida batería de recuerdos que permanecen en mi memoria, como parte de la fértil personalidad de La Cloti, una idea me quedó grabada para siempre con fuerza insuperable: el papanatismo de la letra impresa.
Consiste este pecado capital de nuestra vida cotidiana, en una desmesurada admiración, cuando no reverencia, hacia la credibilidad de lo que viene estampado en letras de molde sobre un papel. No me cabe duda alguna de que este vicio de la mente acomodaticia ha resultado tocado de muerte a partir de varios descubrimientos que tuvieron que ver con la extensión de la cultura democrática. Las empresas editoriales tienen intereses comerciales, primera evidencia, y esos intereses comerciales están muy por encima del amor a la verdad, segunda evidencia. Dos sencillos axiomas que desde los tiempos de La Cloti hasta hoy han calado entre los ciudadanos, ante la difusión cotidiana de las portadas de los periódicos a través de la televisión.
Si bien es cierto que la cultura libresca ha venido a menos con la extensión del acceso a la información, y hasta es posible que la proliferación de los mensajes impresos de todo tipo genere tal ruido con el exceso de la información disponible, que hoy en día resulta ya poco menos que imposible disfrutar de una mentalidad ilustrada con vocación universal, no es menos cierto también que la aparición de Internet dio un golpe de muerte a esa cultura porque a pesar de la comodidad, cuando no el calor, que brinda el papel, la información eléctrónica, con sus posibilidades de archivo, búsqueda, edición, instantaneidad y consulta, en una terminal única, próxima y universal, pone en manos de todos una herramienta, cuyas únicas limitaciones, son las que cada uno se imponga a si mismo.
Pero hay más. Una cuestión es la del libro, que resulta cada vez más caro de editar, sin perjuicio de que los libros de saldo -incluso los de gran calidad- invaden quioscos y librerías, y otra muy diferente la de los medios de comunicación, pues la crisis de credibilidad de estos últimos, unida a su inviabilidad económica por la competencia con Internet, en donde no hay papel ni gastos de impresión, conduce directamente a la muerte del periódico y la revista. Al fin y al cabo el libro es para guardar, cada vez más un objeto de lujo, pero el periódico y la revista sólo sirven como carísimo y poco higiénico material para envolver bocadillos de tortilla o encender el fuego en la montaña, pues desde que se inventó el papel “El Elefante” -que evolucionó también notablemente-, el culo sólo se limpia con materiales blandos, cálidos y absorbentes.
Quienes me conocen saben que hace días que tengo ganas de opinar sobre el lanzamiento en Asturias de una revista, Atlática XXII, cuyos editores venden como un medio “de prestigio”, lo que dio no poco juego a quien firma como Lancelot en ECTV, para realizar un interesante, aunque no muy certero análisis, sobre la marejadilla de fondo que se adivina en el juego de las intenciones de los protagonistas de su “mancheta”, gente variada y bienintencionada, que creen en la necesidad de la letra impresa para dar fuerza a sus opiniones, e incluso no pocos de ellos pertenecen a ese gremio que suele convertir sus artículos de prensa en libros recopilatorios, para dar a esas opiniones una “fuerza superior”, ese prestigio, al que Lancelot se refería con un punto de amarga crítica.
Tengo que reconocer que me sorprende el espíritu emprendedor y aventurero, casi diría romántico, decimonónico, clariniano en definitiva, de este nutrido grupo de buenas gentes que configuran una muestra representativa de lo que hoy sería una actualizada Vetusta elevada a la categoría de región. Editar una revista de estas características revela en sus autores una gran distancia de cualquier pretensión de lucro, puesto que hasta un adolescente que se atreve con una revista en las actividades extraescolares, sabe que se trata de algo inviable como negocio, y por lo tanto, su intención es noble y desinteresada, pues sólo pretenden contribuir a mejorar nuestra sociedad, con la generosa aportación de sus plumas, pues si alguien pensase en ganar un euro con ella como para financiar los costes, es que está chiflado, y me consta que se trata de personas serenas y equilibradas.
Ahora bien, a pesar de esa imposibilidad de conseguir lucro emergente y daño cesante -al contrario, sólo pueden lograr daño emergente y lucro cesante-, para financiarla, tal y como advierte -en este caso certeramente- Lancelot, no tienen otro remedio que acudir a pedir pasta a Manolo, a Fernando, a Pepe, a Vicente, a Paz, a Moisés, a Graciano -a Gabino está claro que no le van a pedir nada-, a José Manuel, a Javier, y a otros muchos miembros de la plutopartitocracia astur-, todos ellos con un muy humano y comprensible interés en que se hable bien de sus personas y de sus negocios, y mal de las personas y los negocios de quienes no reverencien a sus personas e impulsen sus negocios.
Todos hacemos lo mismo, damos una limosna a quien inclina la cerviz a nuestro paso, y una patada en los cojones -si podemos- a quien no nos quiere, ya saben, homo homini lupus. ¡Menudo dilema que tienen estos bienintencionados editores! Si tienen éxito, y consiguen asegurar la continuidad, lo único que tienen garantizado es un porfolio parecido al que edita mi querida Sociedad de Festejos de San Pedro en Langreo, en el que como es lógico, todo canto a la egregia personalidad y a los brillantes proyectos de algún notable prócer, es siempre bien recibido, y si no lo tienen, tendrán que pasar a la clandestinidad para asaltar un banco debidamente encapuchados, con riesgo evidente de ir a dar con sus huesos a la cárcel de Villabona, donde siempre habrá algún agente del CNI dispuesto a arreglarles la dentadura.
Así pues, y una vez expuesta la cuestión con la crudeza que hacen obligada estos azarosos tiempos que vivimos, sólo me queda esperar que no se enfaden demasiado por trasladarles mi opinión a través de este poco “prestigioso” procedimiento de publicarla en un blog -que suena así de mal: ¡blojjj!-, que si bien reconozco que es algo más cutre que una gran revista impresa en papel de alto gramaje, a todo color, y con cuadernillos cosidos con hilo de encaje, no tengo más remedio que proclamar que, a cambio de tal falta de glamour, esto es gratis, y por lo tanto, me ahorro muchas visitas incómodas, rendibús, vuesarcés, genuflexiones y otros truquillos psicológicos de gran utilidad para granjearse el afecto de alguien a quien sobre suficiente dinero como para dármelo a mí, que además tenga fe en que la utilidad de mis finos análisis le reporte algún beneficio para sus intereses, gracias al esparcimiento público de mis cumplidos y parabienes.
Etiquetas: Federico Fellini, Pedro Caravia, Clotilde Nogueras, Alfredo Landa
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