
El frente vasco se convierte en el emblema de la locura política hispánica
La resistencia a reconocer lo evidente, forma parte de la esencia del espectáculo teatral que se esconde siempre detrás de la actividad política, y aun cuando buena parte del coro mediático que desde Madrid se esfuerza en dar lustre a la supuesta gran victoria del líder socialista vasco, Patxi López, lo cierto es que el dirigente que desplazó a Nicolás Redondo Terreros y a Rosa Díez de la política vasca, y que encarnó la imagen pública de la penúltima negociación de José Luis Rodríguez Zapatero con ETA y su portavoz en la tierra del bardo Iparraguirre, Arnaldo Otegui, ha fracasado rotundamente, en su pretensión de ganar las elecciones, tal y como subraya muy atinadamente un editorial publicado por El Correo.
Las sumas, restas y divisiones no ocultan lo esencial, que en el País Vasco la victoria ha correspondido una vez más al Partido Nacionalista Vasco, y que lo mismo que el gobierno de Emilio Pérez Touriño con Anxo Quintana era una componenda impresentable para quitarle el gobierno al PP gallego -lo que terminó por pasarle a Touriño una justa factura-, un gobierno de concentración de los constitucionalistas vascos es una trampa mortal para todos menos para los intereses electorales del PP y de la exultante Rosa Díez, que poco a poco va llenando el vaso de la venganza, que en las próximas generales podrá saborear a gusto. Pero, ¿quién puede frenar a López? Evidentemente nadie, y Zapatero menos que nadie, pues en el seno del PSOE, todo el mundo sabe que no es otra cosa que un mero funambulista, que pone siempre cara de tener previsto todo lo que la casualidad le depara.
Se diga lo que se diga, un gobierno de todos contra el nacionalismo, en los territorios de la aguerrida Euskal Herría nacionalista, va a ser percibido como un atraco, y allí nunca sobra un pretexto para montar una gran zapatiesta. El todos contra lo que sea tiene en la España de hoy un gran predicamento político, gracias a las brillantes ocurrencias del político más mediocre que haya gobernando jamás en este país cada vez más fragmentado, lo que no quiere decir, que esa perversa práctica no sea claramente rechazada por los ciudadanos, allí donde se perciben los catastróficos resultados que siempre acaban por acarrear las grandes trampas. Poner esa forma de actuar al servicio de las ambiciones personales de López, y en Madrid, que es donde esa vía tendría más sentido práctico, hacer todo lo contrario, es una muestra más de la locura en que se ha convertido la política española, librada a la azarosa superviviencia de una enorme masa de políticos profesionales que se enrocan en las grandes barriadas autonómicas en las que montan sus variopintos chiringuitos.
Sólo una pandilla de chiflados puede concebir un gran pacto a la alemana en el frente vasco, mientras se mantiene en Madrid la gran pelea de todos contra todos, a la espera de lo que ocurra luego con los catalanes y los propios vascos ante la necesidad de gobernar con prespuestos y otras menundencias que afectan al conjunto de España. “Dios proveerá”, piensa nuestro enjundioso premier.
El PP, feliz con su indiscutible victoria en Galicia contra la versión local de ese todos contra el PP instaurado por el leonés como brillante estrategia de su dramático salto a la presidencia, impulsado por la onda expansiva de las bombas del 11-M, tiene bastante con sentirse fuerza decisoria en el País Vasco, como para entrar en análisis de más calado, que sin duda deben realizarse sin falta, como el que ratifica la tendencia a la baja, cuando no a la desaparición, de la Izquierda Unida convertida en un ridículo remedo de la España de las taifas zapateriles, que en el País Vasco contaba con la marca electoral Ezker Batua, dedicada, como en casi todas partes al tráfico de inmuebles, que ha sido relegada, como en todo el país, al umbral de la extinción política.
La rotunda victoria del PNV -que ha visto crecer sus votos, ¿qué es sinó, una victoria electoral?- se vio empañada por el fracaso de Eusko Alkartasuna, el tinglado creado en su día por el Lindacara -como ocurrentemente le bautizó Alfonso Guerra- Carlos Garaicoechea, un clon del PNV que tarde o temprano tenía que estamparse contra el muro de la realidad histórica, que no es otra que la marca del nacionalismo vasco está registrada por los herederos de Sabino Arana, y sanseacabó.
Como en el escenario vasco todas las posibilidades están abiertas, resulta casi imposible encontrar en la prensa española análisis de fondo de la situación allí creada, pues los opinadores profesionales de nuestros medios, no analizan, sino que vaticinan, profetizan, adivinan. Aquí no se trata de opinar, sino de ser gurú, porque en este país opinar es un gesto heróico, y más, cuando de lo que se trata es de que de una vez por todas nos demos cuenta de que en la política española el “ji” es ya una cosa, y el “ja” otra muy diferente: nacionalismo y antinacionalismo son agua y aceite, porque no mezclan, y pan y vino también, pues cada uno tiene su nombre, a pesar de que Zapatero se haya empeñado en estos últimos años en volvernos locos a todos, con esa estrategia que consistió en crear una nave cargada de orates, artillada con cañónes de variopinta factura, empeñada en destruir lo que queda de la derecha española, a base de fomentar el guerracivilismo y la exaltación de la diferencia identitaria, que no se sabe por qué extraña y metafísica razón, es cosa progresista.
¿Y ahora qué?
Zapatero no controla a Patxi López, como no controla a José Montilla, como no controla casi nada. Bien se vio en su fracasada negociación de la financiación autonómica, impulsando la aprobación de un nuevo Estatuto, que obligaba por ley a remendar todo el sistema financiero nacional, para después enfrentar a todos sus barones entre ellos, a la espera de que un recurso presentado por el PP le arregle el problema que él creó, con sus compromisos con el partido nacionalista catalán llamado PSC, que poco o nada tiene que ver en realidad con el PSOE.
En definitiva. Aquí de lo que se trata es de adoptar posiciones políticas de largo recorrido, y eso es lo que nadie quiere, a pesar de que el derrumbamiento del sistema económico avanza a velocidad de vértigo, haciendo imposible financiar las diecisiete satrapías locales con las que se vertebra el caos nacional. ¿Se puede ser pronacionalista en Cataluña y Galicia, no se sabe qué en Madrid, y antinacionalista en el País Vasco? Evidentemente, allí menos que en ningún otro sitio. Por eso ahora López va a intentar rizar el rizo, con la invención de un gobierno en solitario, que no sea frentista, necesitado del apoyo del partido al que se ha intentado destruir por todos los medios, allí donde el PP es percibido como la fuerza política más radicalmente hostil al nacionalismo.
El que no se dé cuenta de que con este abandono de la política vasca a su destino -que además no tiene otro camino posible desde el propio País Vasco-, a lo que se va es a una confrontación de incalculables consecuencias, está sencillamente chiflado…
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