
La clase obrera sigue sin ir al Paraíso
La Nueva España, nos recuerda una vez más, en un simpático editorial, que para que una comunidad prospere, es necesario que los que tienen que trabajar, con las condiciones cada vez más precarias en su empleo -como mandan los cánones-, lo hagan sin rechistar, pues si rechistan, aquellos que tienen en la vida la “sacrificada” misión de “crear riqueza”, para así “generar empleo”, se asustarán, e irán con sus “inversiones” a otra parte. Pone este periódico como ejemplo, para ilustrar su tesis, la lógica derrota de los sindicatos del metal, ante una amenaza en firme del plutócrata hindú Lakshmi Mittal, que tras comprar el grupo Arcelor, se encuentra con que tiene unas plantas muy caras en algunos lugares, como por ejemplo Asturias, donde los ciudadanos adquirieron, en los tiempos ahora fenecidos, la mala costumbre de cobrar sueldos elevados, trabajar lo menos posible, y utilizar las bajas como un instrumento de refugio, en el que buscar el consuelo del anhelado descanso, un sueño más divino que humano, que todos aspiraramos a conseguir en la vida, a la vez que lo negamos, de la manera más cínica y falsaria, a los demás. Y todo, por culpa de Eva, que tuvo la mala ocurrencia de comer de la manzana del bien y del mal, y de haber dado a probar de ella a Adán, que no se pudo resistir a la tentación que le ofrecía su amada esposa, y entonces Dios les expulsó del Paraíso, un lugar donde se vivía sin clavarla, que todos aspiramos a recuperar, aunque también nos condenó a mentir como perros, negando que ése sea nuestro sueño, pues sólo negándolo tenemos la posibilidad de hacerlo realidad, y para ello nos dijo que la verdad nos haría libres, un mensaje muy adecuado para ilustrar, lo que con el tiempo sería eso que se dio en llamar la diplomacia vaticana.
Pura y dura teoría del poder.
La teoría del poder está cada vez más desnuda de ensayistas que la aborden bajo premisas razonables, y la verdad es que se trata de un mundo fértil, pues desde que alguien que creemos que es Platón, estableció para su república la necesidad de cimentar la convivencia sobre una “mentira piadosa” -eso que encontramos en la red traducido como “mentira noble”, aquí ya no queda nada que se salve del acoso del inglés-, hasta que Gaetano Mosca escribió su denostado ensayo La clase política, la cultura occidental parió grandes tratados, como El príncipe de Maquiavelo, que no es el único, ni muchísimo, menos, pero sí el primer y más lúcido ensayo en el que el occidente de tradición grecorromana se reencontraba con la necesidad de la mentira como premisa vital para organizar la convivencia, rebautizada por el gran lingüísta y discutible politólogo, Noam Chomsky, como “ilusión necesaria”, para establecer un inevitable debate que dé cuenta de la dinámica del “mandar” y el “obedecer”, como esencia de la organización de las sociedades humanas, que también está ahí, magníficamente descrita, por Platón, en El Político.
Nunca me cansaré de recomendar la lectura, y especialmente la lectura de las teorías del poder, para aquellos que se interesen por los asuntos públicos. Leer supone un esfuerzo, y especialmente el trabajo de reunir los libros, en este caso, en una época en la que había libros, se editaban libros, como los del Fondo de Cultura Económica, Tecnos, y otras editoriales que abordaban la publicación en español de ciertas cosas que ahora se encuentran francamente mal, aunque en algo hemos ganado, y las referencias si se encuentran, con gran facilidad, gracias a la red. Son libros malditos. Había libros pero también era necesario encontrarlos. La verdad, no sólo es revolucionaria. Es peligrosa, y sólo nos hace libres, si todo nos importa una higa. Maligna como la tentación, la lúcida interpretación de la condena de los hijos de Adán, se esconde con auténtica profesionalidad, por los que consiguen hacerse con el control del poder, a cambio de ser los mejores y más eficaces embaucadores. Mentir, y hacerlo con arte, es una actividad muy bien retribuída.
Estoy hablando de una época en la que sentí la necesidad de leer muchos libros, de papel, pues tenía la sensación de haber perdido mucho tiempo leyendo novelas. ¡Qué diablos, para qué queremos novelas, si somos capaces de ver lo que tenemos delante! Cuando hablo del papel, me refiero, ya saben, no a esto en lo que estamos ahora, que tiene enormes ventajas y abismales inconvenientes. Pero vamos a lo nuestro: cuando más leía sobre estas cosas, vi, como muchos españoles de mi generación, un programa memorable de José Luis Balbín, el que inició la serie final de aquellos programas, casi todos memorables, la última fase de La Clave -Las 500 claves de la transición-, cuando se iniciaba su mejor época y su acoso y derribo en Antena 3, hasta llevar sus debates a altas horas de la madrugada, con Antonio García Trevijano, Ramón Tamames, José Mario Armero, Pablo Sebastián, Antonio de Senillosa, Javier Lacarra y Fernando Sagaseta.
Allí se hablaba de la transición española, cierto, de la reforma y la ruptura, de la monarquía y la república, la española y la de Platón. Hablamos del año 1991. Pero en realidad, más que hablar de la transición, se habló del poder, de los secretos del poder, de las mentiras del poder, y se habló de ciertos autores que yo no conocía, como Mosca, o como Robert Michels especialmente. Como todos ellos eran señores muy enterados, y algunos desde luego, parecían haber leído a Michels, para demostrarlo mejor, no hubo manera de que dijesen el título en español del libro para que yo pudiese conseguirlo. Estaba harto de Marx, Lenin, Trotsky y cosas así, que había leído en mi adolescencia, y de las que me quedaba la sensación que te deja un gran ruido mecánico, cuando el motor se para. Así que pasó tiempo y dejé el nombre de Michels apuntado en una libreta. De aquella no había Internet, y uno no tenía una base de datos sobre todo y especialmente para documentarse, como la que tenemos ahora a nuestra disposición.
El libro de Michels lleva por título en español Los partidos políticos, pero el original alemán, Das eherne Gesetz des Oligarchie, traducido al inglés como The iron law of oligarchie, no era fácil de encontrar, puesto que no se editó como La ley de hierro de las oligarquías -que yo sepa- que es como lo busqué, y se encontraba con dificultad, y lo busqué y lo busqué, hasta que alguien me recomendó Die Idee der Staatsräson in der neueren Geschichte, de Friedrich Meinecke, en una espectacular edición que conservo con mimo, que a su vez tenía una rara edición institucional traducida al español, La idea de la razón de estado en la edad moderna, en la que encontré por fin la referencia completa del libro de Michels -junto con todos los arcanos y secretos del poder, que allí están maravillosamente sistematizados-, y su título en español, pues de aquella, y con el sistema de encargo de libros raros vía la libreria Ojanguren de Oviedo, que es la que yo utilizaba para estos casos, tuve que esperar dos meses (recuerdo con placer el momento en que recibí aquellos dos volúmenes encuadernados en rústica, de un color amarillo feo y desvaído, sujetos con una goma: los besé a pesar de su evidente fealdad y la aridez del contenido), hasta que por fin me encontré con la obra de aquel alumno de Max Weber, y después seguidor de Gaetano Mosca, que de militante radical del Partido Socialdemócrata, acosado por la vida, acabó dando clases en la Universidad de Perugia, contratado por el que acabó siendo su amigo y verdugo histórico, Benito Mussolini, que también le afilió al Partido Fascista, cosa que acabó por arruinar su vida futura, más allá de la muerte, pues quién va a leer hoy lo que escribió un afiliado del partido de Mussolini, aunque lo que haya escrito sea la pura revelación.
Y sin embargo, si se superan los prejuicios, nos olvidamos un poco del pasado, en defintiva, si nos dejamos de pijadas, y consideramos la obra de Michels, como una aportación importante dentro del conjunto de las teorías sobre el poder, su análisis sobre el papel que juega esa élite, esa oligarquía que dirige los partidos políticos, en la configuración de una clase social que en España se ha hipertrofiado, resulta esencial para entender buena parte de los males que nos afligen hoy en día, pues a la evaluación del papel que juega tal clase -y no hay debate más aburrido que un grupo de marxistas o ex marxistas discutiendo qué es y qué no es, una clase social-, hay que añadirle la necesaria multiplicación de sus efectivos por dicesiete comunidades autónomas en las que ejerce su dominación, en paralelo, e íntimamente ligada, a las oligarquías económicas locales, ya que con las transnacionales, apenas si juega un papel como gerente de intereses lejanos. El señor Mittal es un gran ejemplo de algo que flota por encima de las nubes de la realidad, y cuanto más se fragmentan los estados, cuanto más pequeñas son las comunidades, más grande es el señor Mittal, y sus congéneres.
Para entender qué es hoy en España la clase política, que al final no es otra cosa que el grupo social encargado de gestionar las “mentiras piadosas”, las “mentiras nobles”, las “ilusiones necesarias”, o como se las quiera denominar, hay que hacer un inventario de políticos profesionales y en ejercicio, los que aprietan los botones a la orden del jefe en los parlamentos, presidentes, consejeros, directores generales y altos cargos nacinales y autonómicos; alcaldes y concejales; burócratas de partidos; periodistas y empresarios de comunicación; empresarios de chanchulletes subvencionados; sindicatos de empresarios y trabajadores; arquitectos de edificios públicos, pintores, cantantes protesta, actores, ecologistas, feministas, pacifistas, grupos de vecinos, consumidores y usuarios; todos ellos unidos por el denominador común de estar debidamente domesticados a cambio de un trozo, cacho, pincho, e incluso de una simple llamada telefónica de vez en cuando, que succionan el presupuesto público, con el que financian en todo o en parte su subsistencia, incluso en una pequeñísima parte, a cambio de dar forma a la gran “mentira piadosa”, que es un sistema en el que al final está claro que unos “dirigen” y otros son “dirigidos”, y que para que todo funcione, los “dirigidos” tienen que trabajar por el salario más bajo que sea posible, al coste más bajo que se pueda lograr, pagando todo lo que puedan al fisco, para que éste pueda mantener tan nutrido grupo de embaucadores profesionales, que entretienen al personal con los enredos de la “izquierda” y la “derecha”.
Convenderemos en que toda esta caterva ha venido a sustituir a los religiosos, que en la España moderna y premoderna, ejercían este papel, con palabras tan rimbombantes, o más que la actual retórica de la solidaridad con la que hace su trabajo cualquier ecologista subvencionado, disfrazado de apóstol con macuto: “mi reino no es de este mundo”, y “yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Felipe II hizo una buena criba del patrimonio de las manos muertas, con la Primera Desamortización, para financiar las guerras del Imperio en el que no se ponia el sol. Carlos III, Carlos IV, Godoy, José I -Pepe Botella-, Mendizábal, Espartero y Madoz, se pusieron a lo mismo, para intentar financiar las obras públicas, la riqueza particular y crear una clase capitalista. Es decir, quitárselo a unos para dárselo a otros. Lo de siempre.
Los capitalistas de hoy se encontrarán pronto en la necesidad de tener que expropiar los bienes de las nuevas manos muertas, que ya no son las de la Iglesia, sino las del Estado. El cura que le ahorraba cien gendarmes a Napoleón, ya no tiene los bienes que tenía, porque se los han restringido con una cruz en la declaración de hacienda, para dejárselo todo a la clase política, ésa tan amplia, que en España puede sumar unos cuatro millones de efectivos, y que ha logrado transformar un país de montera y castañuela, en la España del ladrillo, la llana y la hormigonera, con la que se financió la juerga que se acaba de morir. Ya no queda nada. El comunismo se derrumbó en 1989, y nada se opone al capitalismo triunfante y suicida, que anda ahora buscando cómo arregla los problemas de un papel moneda que pierde su credibilidad, conforme se ablandan los cañones del Imperio.
La Nueva España nos recuerda en su ejemplar editorial, que el verdadero paraíso no está en este mundo, y que Lakshmi Mittal no entrará en el Reino de los Cielos, aunque tiene dinero suficiente como para gozar en esta vida de la mansión más grande de Londres, y acero más que suficiente, como para fabricar una aguja, por cuyo ojo pasarán él y toda su familia. Pero de momento, ha cerrado uno de los dos altos hornos de la factoría de Veriña, y es de temer, que diga lo que diga el periódico asturiano, cierre el segundo, y si en algo tiene razón esta publicación, es en que por muchas barricadas que se hagan, Mittal vive demasiado lejos, como para que le llegue el ruido del cerrojo en sus plantas asturianas.
Se acerca el tiempo en el que un plutócrata enriquecido con la especulación, al estilo de Silvio Berlusconi, sabrá articular un lenguaje muy duro, dirigido a las masas, con el que explicará que la única manera de recuperar la actividad económica del país, no es quitarle a los obreros lo poco que les queda, que es su dignidad, pues los puestos de trabajo se destruyen a velocidad de vértigo, sino a la clase política, las manos muertas, su actual poder, dado que no hay posibilidad alguna de seguir manteniendo a esos cuatro millones de cameladores profesionales que nos cuentan que protestar es un mal negocio, y que lo bueno es callar, no meterse en política, y no hacer barricadas, para que aquellos que aspiran a quedarse con el dinero de todos, puedan hacerlo sin estorbos innecesarios. Lo dicen ahora muchos italianos: “con Mussolini, era sólo uno el que robaba”.
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