
Quién no recuerda la risa que nos producían los errores de Ronald Reagan, cuando saludaba a los ciudadanos del país equivocado, al llegar en avión de algún largo viaje. ¡Qué burro se decía! El ¡qué ignorantes son los americanos!, se convirtió en un lugar común de muchas conversaciones.
Los gazapos, los simples errores, e incluso las tonterías de los conservadores -quién no dice alguna tontería, especialmente si está todo el día hablando-, hábilmente explotadas por sus oponentes, dieron siempre un gran juego político. Existen grandes compendios, en Internet y en otros medios, de los errores, majaderías y ocurrencias sin sustancia intelectual -sin más, incluso de eso se reían- de George W. Bush, a quien Michael Moore, sin duda uno de sus más ácidos críticos, fulminaba sin piedad, mientras una buena parte de la sociedad americana reía complacida ante la “incultura” conservadora”.
En España estamos acostumbrados a este tipo de comportamientos que atribuyen a la izquierda una singular inteligencia y una excepcional cultura, que por regla general se niega a la derecha -con esto ya saben que me refiero, no a lo que son, sino a lo con que cada uno de ellos se identifica-, en lo que evidentemente es una estrategia, más de marketing político que de otra cosa, que ha tenido sus efectos en el tiempo, pero ojo, hablamos de Europa, y de la España de hace treinta años, de la que nos quedó la inercia, pues no se puede trasladar a los Estados Unidos un tic, como el es el caso del “tic cultureta” de los socialdemócratas españoles, que además, como decimos, está en franca decadencia, pues la pasión de buena parte de los socialistas -y en general de la sedicente izquierda- de la transición por la invocación de las grandes figuras de la cultura local y universal -todavía el Lehendakari Patxi López siguió ese modelo en su toma de posesión-, como una forma de engrandecer sus propias personalidades -como por ejemplo hacía Alfonso Guerra- queda ya muy lejos. Recordemos los tiempos de la “Alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura” de Santiago Carrillo, por poner un ejemplo: ¡dónde quedó eso!
El caso del intento de demolición de Esperanza Aguirre, cuando en una ocasión manifestó su desconocimiento sobre quién era Santiago Segura, siendo ministra de Cultura, hizo especial fortuna, pues televisiones, periódicos y emisoras de radio dedicaron días, semanas y meses a recordar la inconcebible barbaridad de la ministra, a la que se consideraba tonta, por el mero hecho de ser conservadora -¡pués ya me contarán qué demérito es desconocer al señor Segura!-, hasta que durante sus años de mandato al frente de la comunidad de Madrid demostró que puede ser cualquier cosa menos tonta.
Un caso más, el de Aguirre, revelador de una actitud política, que no es más que una mera pose, pues en realidad, España se está convirtiendo, año tras año, en uno de los países más incultos del mundo desarrollado, quizá por la lamentable evolución de su educación pública, quizá por las penosas políticas culturales de unos gobiernos que han convertido la formación y el disfrute de los placeres intelectuales, en el negocio de las sociedades de explotación de los derechos de la propiedad intelectual, cosas que sin duda nada tienen que ver entre si, y que llevan a situaciones paradójicas, como la que se crea cuando gentes que respetan el arte musical de un Miguel Bosé o un Miguel Ríos, porque juegan a “ser de izquierdas”, se reían de Norma Duval por sus flirteos con “la derecha”.
Ahora nos encontramos en un tiempo diferente, en el que la señora Leire Pajín puede soltar una desmesura atroz en unos desayunos de Europa Press, ante un montón de gente, y ante las cámaras, que habría sido objeto de la mofa y la befa de todos los cronistas políticos, y especialmente de quienes presumen de cultos, si tal barbaridad se dijese en alabanza de un líder ruso -como cuando en tiempos de Stalin se hablaba del “culto a la personalidad”-, chino o iraní, situando a José Luis Rodríguez Zapatero a la altura del “amado líder” norcoreano, Kim-Jong-Il. Hablamos de la portavoz de un partido de gobierno, en un sedicente régimen democrático, a la que nadie parece haber tenido la delicadeza de poner en su sitio, y menos el propio Rodríguez Zapatero, que es quien más ridículo debería haberse sentido, si tuviese un poco de vergüenza intelectual. Pero es que la vergüenza, en política, es un valor inexistente; al contrario, es una tara.
La escasa o nula polémica abierta en la sociedad española por las referencias de Barack -ahora Hussein- Obama al Califato de Córdoba y al Tribunal del Santo Oficio, en lo que sin duda debería haber sido una ocasión para el debate histórico y el análisis inteligente, es una demostración palmaria de la desaparición del espíritu crítico y del interés por la cultura. Que un anacronismo tan brutal como éste sea una parte esencial del discurso del jefe del estado más poderoso del planeta, en un momento estelar, por no decir cumbre, de su biografía política, y que este anacronismo incuestionable, encierre además toda una provocación geoestratética, y un desprecio por la historia real de tu país, no es lo peor. Lo peor es que en tu país eso no suscite el menor interés, y que las pocas reacciones que se producen, sean torpes y zafias como están siendo. Muchas de nuestras desgracias se explican por ese pasivo conformismo ante todo lo que nos sucede. Sólo hay reacciones desaforadas, donde debería producirse un clamor desde la Universidad, los medios, e incluso desde la calle.
Un blog de la izquierda británica Harry’s Place, publicó el pasado jueves un artículo crítico sobre el discurso de Obama, que lleva por título, ¡mira tú por dónde!, “La historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición“, en homenaje a esta estúpida frase que está siendo ampliamente debatida fuera de España, pues en todas partes menos aquí, ha llamado mucho la atención que el presidente americano, y especialmente, el gabinete que le escribió el discurso, considere que vale todo, hasta el punto de inventarse una falsa historia de España, por mucho que la historia del Califato de Córdoba y del del Tribunal del Santo Oficio, le hayan servido para fabricarse un relato de buenas intenciones sobre la tolerancia del Islam, que dista tanto de la realidad, como el que se pudiera fabricar sobre la tolerancia de cualquier religión, cuando la historia de las religiones y de los pueblos en los procesos de mestizaje de culturas, dados por las invasiones y movimientos migratorios, es la crónica de una convivencia casi imposible, cuando es precisamente a la religión a lo que se apela, como en este desgraciado caso.
(Y por cierto, no dijo Al Andalus, como en España se está diciendo que dijo. No, dijo “Andalusia”).
Recuerda este blog la matanza de judíos en Córdoba el 1011, y en Granada en el año 1066, y no desperdicia la ocasión de recordar también la historia de Maimónides y la persecución de los judíos en la Córdoba del siglo XII. Sin embargo, las reacciones enconadas -de las pocas que se han producido- de quienes interpretan el mundo bajo la perspectiva histórica de un César Vidal o un Federico Jiménez Losantos, o de quienes aprovechan la ocasión para recordar las barbaridades de “los moros”, dan buena cuenta del enorme vacío que caracteriza la vida académica e intelectual de una España en la que nada importa ya, y menos que nada, que un presidente americano nos utilice con esta ridícula invocación, en la que en definitiva glorifica el Islam, para denigrar la historia cristiana de España, en línea con la leyenda negra fabricada por franceses y anglosajones, en otra época en la que tales comparaciones, ahora claramente inoportunas, podían tener algún sentido. Ni todo es blanco, ni todo negro, y simplifiaciones de este jaez, sólo producen confusión mental, sin pensar en consecuencias más funestas, como es el uso del mito de Al-Andalus, en la Andalucía (Andalusia) que juega a coquetear con el Islam.
Tengo para mí, que el papel que viene jugado España, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, en la política internacional, es cada vez más miserable, y sin duda algo tiene que ver con eso el desprecio, cuando no el odio, que los propios españoles sentimos por nosotros mismos y nuestra cultura, lo que permite que se nos humille de esta manera, contraponiendo la “hermosura” de la “Andalusia” del Califato de Córdoba” -que sin duda es un episodio muy interesante de la historia de España-, al papel jugado por el Tribunal del Santo Oficio, cuando medio Estados Unidos habla en español, y hay más motivos para decir que Estados Unidos es la mayor nación hispánica del planeta, que para soltar así como así, eso de que es “el mayor país musulmán del mundo“. Pero nosotros, hoy, por nuestros interminables pecados, por nuestro desprecio de nuestra historia y de nuestra cultura, nos hemos buscado que los demás también nos desprecien de esta manera, y, lo más curioso es que ni siquiera nos enfadamos. Es posible que nos hayamos resignado a vivir una catástrofe, y en ese caso, nadie va a venir a salvarnos.

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