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¡Extraña Rusia!

El Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, es conocido como el premio comodín, por su denominación y concepto, pues la concordia, aparte de un célebra plaza de París, que ha popularizado ese nombre por las razones que en seguida veremos, en español, es palabra que tiene fundamentalmente un valor casi jurídico, que apela al entendimiento entre partes, de ahí la figura del concordato, por contraposición a la idea de discordia, que es lo contrario, y en ambos casos se invoca la unión o el distanciamiento de los corazones, pues hablamos de vocablos que adquieren su significado a partir de la palabra latina cor, corazón, de la que también se derivan ideas verbalizadas como la de recuerdo, y por supuesto, la muy manida acuerdo, todas ellas muy relacionadas entre sí, por sus ricos significados.

Pero no es el romance español, sino en el francés, donde la palabra cor, derivada en concordia, adquirió su renombre internacional, con el terrible curso histórico que dio vida a la parisina Place de la Concorde, que no evoca nada que tenga que ver con acuerdos o entendimientos, sino todo lo contrario, dado que no conviene olvidar que es un lugar marcado por su vocación como espacio urbano dedicado al enaltecimiento de la monarquía francesa, al haberse instalado allí la gran estatua ecuestre de Luis XV, lo que le dio el carácter escenográfico adecuado, cuando Francia estalló en los brutales acontecimientos que descabalgaron en 1792 la real estatua, para levantar el célebre y tenebroso invento de Joseph Ignace Guillotin, que desde que inició sus trabajos en pruebas con el bandido Pelletier, se convirtió en el instrumento favorito de los insurgentes para segregar de sus cuerpos los cuellos de Luis XVI y la Reina María Antonieta, pero también los no menos reales -auténticos- gaznates de Carlota Corday, Madame du Barry, y ya entrando en materia, y sin posibilidad de parar -habían cogido carrerilla-, los de Danton, Desmoulins, Lavoisier o Malesherbes, hasta llegar a seccionar la garganta del “incorruptible” Robespierre, que vio así cómo los franceses pagaban sus desvelos por la Revolución.

En 1795, finalizado el período expresivamente conocido como el Terror, la plaza de La Revolución se convirtió en Plaza de la Concordia. Inquietante lugar, sin duda, y no menos inquietante el nombre con el que se intentó dar carpetazo histórico a tan terribles acontecimientos, pues seguro que dieron muchas vueltas a la manera de echar serrín sobre tanta sangre derramada, con un nombre adecuado.

Así pues, y conociendo estos antecedentes lingüísticos e históricos, ya tenemos la perspectiva adecuada para entender la aparentemente errática nómina de beneficiarios del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, otorgado, entre otros personajes y entidades, a Ingrid Betancourt, al Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén, la UNICEF, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, la escritora Joanne Kathleen Rowling, Daniel Barenboim y Edward Said, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Caritas, Gesto por la Paz, el rey Hussein de Jordania, o Stephen Hawking, unos cuantos ejemplos que nos sirven para ilustrar bastante bien el contenido altamente indefinido de este premio, y el variopinto carácter de los premiados, que no parecen presentar una relación demostrable entre los acuerdos, los recuerdos, los concordatos o el funcionamiento de la guillotina.

Pues bien, a lo que vamos, porque aunque parezca que no, vamos a algo. Es tradición que en la recta final de estos premios, especialmente en los de contenido más publicitario, aparezcan en los medios de comunicación las notas de prensa que nos informan sobre la actividad que desarrollan algunas plataformas que respaldan ciertas candidaturas para la concesión del galardón, que en unos casos recogen firmas y en otros suman adhesiones de “personalidades”, que avalan la idoneidad de alguno de los candidatos, y claro, cuando se analiza un poco las propuestas, quiénes o qué entidades las respaldan, y se valora el contexto en el que éstas se producen, los observadores pasivos de la realidad atamos nuestros cabos y no dejamos de sorprendernos ante las cosas que suceden en el mundo en el que vivimos.

¿Qué se celebra en este año de 2009? Muchas cosas. Como saben, disfrutamos de una aterradora crisis del sistema capitalista, cuya mayor causa de inquietud, estriba precisamente en la constatación de que ya no queda en el horizonte ningún otro sistema merecedor de tal nombre, cosa que en nada avala la calidad de esto que se nos derrumba. Eso no lo discute casi nadie. En unos casos se habla de crisis económica, y en otros de crisis financiera.

Pero además, para mayor abundamiento, esa crisis del sistema capitalista, se produce a los veinte años del derrumbamiento del comunismo, o sistema comunista, encarnado en la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas, que se desplomó con notable estrépito junto con el llamado Muro de Berlín, dejándonos en herencia cosas tan extrañas como el capitalismo de estado chino con sus multimillonarios oficiales, la revolución islámica de Irán, con sus ayatolás, o la revolución bolivariana del iluminado Hugo Chávez, referencias confusas, cuando no difusas, de lo que queda en el mundo de la autodenominada izquierda, que en su desvarío ha llegado a producir cosas como la síntesis enloquecida del nacionalismo racista de Euzkadi ta Askatasuna, que se reclama heredera del marximo-leninismo, encarnada en las soflamas alucinadas del dramaturgo antifranquista Alfonso Sastre.

Y, ¿quiénes compiten por este Premio que nos recuerda el bullicioso concurso multitudinario de la Place de la Concorde, que otorga la fundación que porta el augusto título del heredero de la Casa Real española, que es a su vez la denominación institucional de la tierra en la que se asienta su Principado? Pues pasen y vean, y me darán la razón, pues en este bajo mundo, las cosas suelen ocurrir por cualquier cosa, menos por casualidad, pero la casualidad también existe, y ahí está el azar para desbaratar cualquier conspiración de la necesidad.

Los candidatos aludidos son, ni más ni menos, que el poeta comunista Marcos Ana, propuesto por intelectuales prestigiosos como Baltasar Garzón, el Gran Wyoming, Federico Mayor Zaragoza, Miguel Ríos o José Saramago, en una campaña lanzada por la Universidad de Granada. La ciudad de Berlín, sí, han leído bien, la ciudad que cumple veinte años de la caída del célebre muro, propuesta por los europarlamentarios Enrique Barón y Martín Schulz, del grupo socialista, a la que se sumaron el popular Íñigo Méndez de Vigo y el liberal británico Andrew Duff. Pero ojo, también aspira a conseguir el premio una plataforma impulsada por el Padre Ángel, de la Asociación Mensajeros de la Paz, que propone al cubano Óscar Elías Biscet, que lleva seis años en las cárceles de la república de Cuba.

Así pues, un comunista español que estuvo veinticico años preso en las cárceles del franquismo, la ciudad dividida por el comunismo, Berlín, y Óscar Elías Biscet, seis años prisionero en uno de los últimos regímenes comunistas que quedan en el mundo, aspiran al Premio que lleva, a la vez, el nombre de la fundación que homenajea al heredero de la Corona de España, y el de la plaza en la que guillotinaron a sus ilustres parientes borbónicos, con cuya ejecución el mundo alumbró la primera de las grandes revoluciones de nuestra época, posibles premios, con los que de una u otra manera, parece que se pretenden celebrar los veinte años de la caída del comunismo. Les confieso que tanta coincidencia me causa no poca estupefacción, y no sólo por ver a la flor y nata del comunismo español pidiendo para un camarada comunista y republicano el premio que lleva el nombre del heredero del trono.

No concuerda toda esta concordia.

¿Será todo esto una divertida confluencia de creativas y estimulantes casualidades, de ésas que nos brinda la vida para que podamos pasar un rato entretenidos, dándole vueltas a la cabeza? ¡Raro, raro! Aquí sí que cabe recordar aquel célebre remoquete del humorista Eugenio: “¡extraña Rusia!”


Etiquetas: Luis XV, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, Íñigo Méndez de Vigo, Andrew Duff, Place de la Concorde, Eugenio, Miguel Ríos, Gran Wyoming, Hugo Chávez, Marcos Ana, Robespierre, Hussein, Baltasar Garzón, Daniel Barenboim, María Antonieta, Carlota Corday, Pelletier, Stephen Hawking, Edward Said, Joseph Ignace Guillotin, Lavoisier, Danton, Federico Mayor Zaragoza, José Saramago, Enrique Barón, du Barry, Luis XVI, Óscar Elías Biscet, Desmoulins, Martín Schulz, Alfonso Sastre, Malesherbes, Ingrid Betancourt, Padre Ángel, Joanne Kathleen Rowling
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