En esto de El Musel están todos metidos hasta las cachas

En esto de El Musel están todos metidos hasta las cachas

Alejémonos por un momento de eso que los psicópatas que forman la cúpula de la denominada clase política consideran estupideces propias de seres inferiores, como es el juicio moral.

Conviene recordar que la política es, y siempre fue, una de las pocas actividades que permiten enriquecerse rápidamente, como es sabido de todos los que no están en la luna, y por eso la crema del poder se dedica fundamentalmente a acumular recursos, para cuando dejen esa profesión de alto riesgo.

No se debe olvidar que en todo tiempo y lugar, esto ha sido así, y que lo que distingue unos países de otros, es la existencia de mecanismos regulatorios que impiden el exceso de eso que en un débil juicio moral se suele denominar corrupción, con un tinte religioso que desnaturaliza la realidad del fenómeno.

La palabra corrupción nos lleva a un concepto equivocado, como si existiese un pasado luminoso, en el que hombres y mujeres eran buenos y honrados, convivían respetuosamente en parejas felices, y formaban comunidades pacíficas y cooperativas, sin robarse entre ellos ni asaltar la caja común, ayudándose entre si en la enfermedad y en la vejez.

Es el paraíso de la Biblia o el comunismo primitivo de Marx, sin olvidarnos del buen salvaje de Rousseau, que forman parte de los grandes mitos de la historia de la humanidad. Pero también está presente esta ensoñación lunática en Los trabajos y los días del griego Hesíodo y en el Libro I de Las Metamorfosis de Ovidio. En definitiva, los hombres eran buenos, y el tiempo los hizo malísimos.

La realidad es que los seres humanos siempre se han dedicado a la lucrativa actividad de engañar a sus semejantes, para expoliarles sus bienes, utilizando para ello el arte de hacer creer que las cosas no son como son, sino como ellos las pintan, y mientras los crédulos, los débiles mentales, los cobardes o los sinceramente inocentes que dan en tontorrones, quieren creerse lo que en el fondo saben que no es más que pura trampa, los realistas mueven la mano para ir cogiendo lo que pueden y les apetece, e incluso les da la risa mientras se afanan en tal actividad, pues suelen despreciar al que se equivoca, y pierde su vida protestando contra la naturaleza de las cosas, en vez de actuar para transformarlas.

La cuestión no estriba en llorar, quejarse o denostar lo que tenemos a nuestro alrededor con juicios de valor, sino en cobrar conciencia de que lo que procede, tras el juicio de hecho, es la acción, la actuación de los ciudadanos ante la justicia, mediante la denuncia, para situar al poder ante sus contradicciones más sangrantes; ése es un buen camino, el de la realidad.

El Caso Musel pide a gritos una denuncia colectiva. Quienes no participen en esa denuncia, no tienen derecho a lamentarse de lo que sucede con sus impuestos, ni mucho menos con los servicios públicos que se deterioran. Esto no sucede porque los políticos roben, dado que está en su naturaleza, sino porque los demás no hacemos nada para que tengan su castigo.


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