
Hay cosas de las que poco o nada hay que decir, cuando se comprueba a diario, y en los detalles más nimios, que vives en el país de la chapuza, la corruptela y el sálvese quien pueda, y ese espíritu dejado, vago, sucio y falto de atractivo, se convierte en la sustancia misma de tu país, que vive instalado en una polémica terrible por sus posibles consecuencias, pero insoportablemente aburrida en su desarrollo, como es la discusión por el Estauto de Cataluña, cargada de argumentos archisabidos, repetitivos, y sin embargo inamovibles, porque hablamos de los eternos males de la patria, que están ahí otra vez agitando las campanas de un enfrentamiento civil que inunda el papel impreso. Un enfrentamiento que a pesar de su fuerza, poco o nada motiva a una ciudadanía preocupada por otros afanes que la clase política no percibe, porque ellos siempre tienen algo que poner en la mesa, y está llegando el momento, en el que los demás no. ¿Les suena la palabra motín, señores patricios?
Mientras unos llevan a la legislatura de José María Aznar y su proyecto españolizador, el origen del problema, otros lo circunscriben con claridad en los compromisos partidarios primero, y electorales después, de José Luis Rodríguez Zapatero. Tan cierto es que Aznar hizo suya una idea de España que estuvo muy presente en su propaganda, como que Zapatero logró su secretaría general del Partido Socialista, con el apoyo del PSC, contra el PSOE más españolista, y que su decisión de abrir el melón de la reforma de los estatutos, vino precedida de una campaña electoral llena de promesas territoriales, que tuvo como tragico catalizador del enfrentamiento con el aznarismo, la bárbara tragedia de Atocha, que dio pie a un sinfín de especulaciones sin resolver, y cuyo mero recuerda asquea a cualquier ciudadano de bien, porque no hay ninguno, que sea sincero, que no sospeche que ese crimen sigue impune.
Esas incógnitas del 11-M trufan, pudren y dan un fondo escenográfico de rayos y centellas, por encima del clima político real que vivimos en estos momentos, cuando para más tormenta y agitación, una brutal crisis económica, sacude la España que vivió la aprobación del Estatuto de Cataluña en el Congreso de los Diputados, pero también la aprobación de otros estatutos, como el valenciano o el andaluz, en perfecta falta de coherencia con el recurso al Tribunal Constitucional presentado por el Partido Popular. Los modos y las maneras de Manuel Fraga primero, y de Alberto Núñez Feijoo, en la Galicia que conforma el tercer ángulo de la tríada nacionalista, acaban por conseguir que todo el mundo se pierda. La incoherencia de ayer produce la desafección de hoy. Somos desafectos. Los políticos están de guerra civil, pegándole cañonazos al Constitucional, y los demás estamos cabreados con nuestras vidas.
¿Qué defiende aquí cada quién? ¿Qué defiende la izquierda en materia autonómica? ¿Qué defiende la derecha? Dejemos por un momento el sectarismo, esa enfermedad tan asquerosa como incurable, que sostiene que los míos son los buenos, porque son los míos, y si necesito una licencia me la dan, y veamos la realidad en su dureza diamantina: aquí no hay lider político que no haya negociado la cesión de un tramo del IRPF a las comunidades autónomas, para conseguir aprobar unos presupuestos, pero cuando yo lo hago, eso es bueno, porque lo hago yo, y cuando lo haces tú, es fatal, porque lo haces tú, ¡cabrón!.
Las tribulaciones financieras globalizadas cogieron en pelota a la España tabicada con los podridos ladrillos de los agentes urbanizadores de las comunidades autónomas, y ahí no hay distinción posible entre izquierda y derecha, pues cuando nos enteramos de que esto empezaba a venirse abajo, no había administración, ni grupo político alguno, que no estuviese de acuerdo en que el dinero sucio que afluía por todas partes, procedente de los más deleznables negocios, desde todos los rincones del planeta, a un país en almoneda, podría seguir invirtiéndose indefinidamente en construir viviendas para los inmigrantes que llegaban en masa, pues cuantos más venían, más trabajo podíamos ofrecerles, construyendo casas, para incrementar ad infinitum la masa cotizante que tendría que sostener una especie de perpetuum mobile, muy parecido al proyecto energético zapateril, su insostenible economía sostenible, que consiste en convertir ahora la península ibérica en una plataforme llena de molinos de viento y placas solares, a la salud de otro ejército de espabilados, que se pasaron de la llana a la torre eólica y a la importación de paneles policristalinos fabricados en China.
Digámoslo claro, la ciudadanía está perpeleja ante este guerracivilismo de letra impresa, que parece estar viniéndole de perlas a la partitocracia entaifada, que ha convertido al Tribunal Constitucional en una especie de maldito pimpampum, para diluir su responsabilidad, ante lo que está ocurriendo en la realidad que importa al ciudadano, que no tiene tiempo que perder en su lucha por el garbanzo, y que ni es, ni puede ser otra, que el aciago destino que nos espera a todos aquellos que no hemos acumulado montañas de dinero debajo de nuestras camas, comprando y vendiendo solares, y consiguiendo permisos para llenar el país de máquinas generadoras de electricidad, que funcionan con el viento y el sol de las subvenciones, que se van a cargar en el recibo de la luz, a partir de enero.
Vivimos, sin duda, en un país de locos, pero la culpa de todo la tiene, y la va a tener, cada día más, el Tribunal Constitucional, cuya sentencia apasiona a quienes nos arruinaron, y ven, en esa batalla campal de letra impresa, una oportunidad para intentar conseguir que la gente mire hacia otro lado, y no se ocupe de procesar a quienes nos sumieron en la pobreza, a los que se llevaron los ahorros de las cajas para su casa, y todavía hoy siguen buscando un sitio donde meter la mano para seguir acarreando papeles para casa, mientras la incertidumbre, cuando no la angustia, se adueña de las vidas de casi todos los demás.
La plebe hispánica nunca estuvo tan alejada de sus patricios, pues hay que remontarse a tiempos muy lejanos, a la Roma de la retirada plebeya al Monte Aventino, para encontrar una situación parecida.
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