
Las caras de funeral de los miembros del nuevo gobierno son un poema
Ya tenemos nuevo gobierno en medio del escándalo generado por la lista de “los 63 eventuales” . Quien espere que aquí publiquemos la lista de los contratados por el gobierno de Vicente Álvarez Areces para hacer labores de gabinete, es decir, los hermanos, primos, esposas y demás familia de personajes que ocupan cargos relevantes en el propio gobierno -en el que había hasta ahora-, o labores directivas en el Partido Socialista, tanto en la FSA como en organizaciones locales como la de Avilés, la de Gijón y otras, va apañado, no porque no podamos publicarla, ni tampoco porque no debamos hacerlo, puesto que como mayoritariamente votaron nuestros lectores en la encuesta realizada por ECTV, “es justo y necesario” que se publique, sino porque definitivamente, ésta es la prueba de que la ciudadanía asturiana vive en un régimen de terror, en el que un ejecutivo autonómico puede permitirse el lujo de someter a sus ciudadanos a una situación de auténtico chantaje, con la amenaza -manifestada a través de un periódico- de la actuación discrecional de un órgano administrativo, y por lo tanto político, que te puede endosar, por la cara, una multa de cien millones de pesetas, y acabar, no ya con tus sueños de libertad, sino con tu propia vida. La Nueva España de este jueves, daba testimonio en sus páginas de la gran alarma social creada con este asunto, así como una lección magistral de impotencia, al no publicar los nombres y los sueldos, bajo el paraguas de una gran empresa de comunicación.
La oposición, el Partido Popular, debiera hacer esa labor, pero no la hace. Izquierda Unida, ese grupo de aventureros de la política sin norte ni rumbo, forma ya parte del ejecutivo -saludo desde aquí a mis agresores con responsabilidades de gobierno- y de ahí no cabe esperar nada, salvo algunas subvenciones para ecologistas que les ayuden a silenciar sus responsabilidades en la imposición del proyecto para transformar Asturias en una tierra especializada en la generación de energía eléctrica. El verde Joaquín Arce consolidará para el resto de su vida el nivel 30, a cambio de haberse retirado de la labor de denuncia de los grandes desfases económicos que se produjeron en las obras de El Musel. Nadie, desde la sociedad política, se ocupa, en definitiva, de demostrar a la ciudadanía asturiana que aquí quedan realmente libertades públicas. Las plazas de rancho en un órgano ejecutivo y los puestos en las responsabilidades de gabinete, se compran y se venden en un mercado, en el que se demuestra, un día sí y otro también, que una desvergüenza ilimitada es condición indispensable para ser miembro de la partitocracia gobernante en este confín del universo, en el que ya no hay fondos para atender los servicios indispensables de salud, mientras todo el mundo se hace el loco con el asalto al tren de Glasgow que se perpetró con la operación para construir un nuevo HUCA en La Cadellada.
¿Qué hacer?, se preguntaba el gran Vladimiro, en una de las obras cumbre de la literatura comunista. ¿Nos quedamos así? Mucha gente me llama y me consulta. Quieren hacer algo. Alguien aseguró ayer, ante los micrófonos de la COPE, que hoy colgaría la lista. Me llaman abogados para comentarme que nos defienden si la publicamos, pues desde un punto de vista legal es impensable la posibilidad de que actúen. Hay quien anda dando vueltas a la forma de enviar la información a una página anónima desde un proxy o desde una zona Wi-Fi de alguna gran superficie comercial. Tenemos ofertas de gente que tiene blogs y llama diciendo que están fuera de la edad penal y que no pueden ir contra ellos. A todos se lo desaconsejo, aunque es evidente que una reproducción de los datos, nombres y apellidos, junto con las cantidades, obviando todo lo demás, ya no es reproducir el documento en sí, y por lo tanto, es imposible sostener que ahí se publicó fichero alguno; y todo eso, sin entrar ya en lo absurdo de considerar que eso es un “fichero” protegido por la ley de datos. Y ¿por qué se lo desaconsejo? Muy sencillo. Porque esto es una agonía, una agonía en la que están todos metidos hasta el cuello, teniendo en cuenta que esta presión tiene que reventar por algún sitio.
Recuerdo una simpática anécdota vivida en primera persona, allá por los años finales de la Transición, cuando la policía irrumpió en un albergue de Fuenterrabía en el que participábamos en una reunión de la IV Internacional militantes españoles y franceses de la Liga Comunista Revolucionaria. Los diligentes funcionarios de la policía entraron en el edificio por la sala de juegos, donde me encontraba jugando al ping pong. Me pusieron la placa en la cara. Estábamos allí unos doscientos y me comunicaron que guardase silencio mientras nos conducían a la puerta de entrada, y unos cincuenta hombres uniformados -del gris de la época- subían a las habitaciones a coger a todos los allí alojados que dormían la siesta. Fueron reuniendo a todo el mundo en las salas comunes, y se nos anunció que se produciría un registro habitación por habitación. Fui designado traductor por la policía, a propuesta del resto de los retenidos, y subimos, dormitorio a dormitorio, mientras se registraban éstos, y en las habitaciones en las que había franceses alojados me tocó ejercer de intérprete policial.
Cuando ya habíamos entrado en varios dormitorios sin novedad alguna, tocó el turno a dos parisinas a las que se llamó a capítulo para que sacasen sus pertenencias de las mochilas y el armario, y las colocasen encima de la cama. En esto, una de las chicas, escondió con torpeza un objeto debajo del colchón, lo que fue inmediatamente advertido por uno de los funcionarios, que se abalanzó sobre ella.
-¡Pregúntale que escondió! -me ordenó.
Ella se puso nerviosísima, sujeta por las muñecas, y su compañera parecía compartir el nerviosismo. “Non, non, s’il vous plait” y todo eso, con apariencia de ruego, lo que puso aún más en guardia a los agentes, hasta que uno levantó el colchón y sacó la caja. Auténtico ataque de nervios, una de las chicas se puso a gritar y la otra a gemir, mientras los dilectos funcionarios sonreían con satisfacción.
“Los pillamos”, pensaron.
El inspector de paisano tomó la iniciativa y desenvolvió el paquete, dejando ver una caja. Más ruegos. Tensión. Miradas. Abrió la caja, y…, apareció otra caja. Más tensión, más gritos, más miradas, y entonces sucedió algo inesperado. Dentro de la caja había otra caja, y luego otra caja, y al final: ¡nada!
Risas, jolgorio. Ellas atacadas y yo doblado. Nos bajaron a empujones con evidente malestar. Allí no había nada, pero el efecto me quedó grabado para toda la vida, y no sólo porque abajo, fuera, en la calle, delante de un grupo de agentes uniformados, separado de mis compañeros, me dieron la primera paliza de mi vida, unos buenos puñetazos en el estómago, que sin duda se hicieron más fuertes cuando se me ocurrió pedir a los uniformados que interviniesen, a lo que respondieron con una cínica invocación al vacío exisntencial. Lo que recuerdo con más intensidad no fueron los puñetazos que llegaron tras las risas, sino la sensación de frustración que se adueñó del personal gubernativo, tras el extraordinario interés generado por la caja escondida en otra caja, a su vez metida en una caja, envuelta en un paquete.
Lo que está haciendo esta gente, escondiendo de esta manera la información, acojonando al personal con sus amenazas, es suscitar un debate social y político allí donde nada se mueve y todo está muerto. Y la esencia del debate no es otra que ésta: ¿Pueden tener así amedrentada a toda una sociedad, amenazándonos con la puñetera Agencia de Protección de Datos? ¿Acaso esta manera de esconder la información a la desesperada, no está suscitando un interés mucho mayor aún del que se produciría, de no haberse dado toda esta ridícula concatenación de circunstancias, con el error en el correo, el “muñeca” y todas las demás historias paralelas, las más morbosas del caso, que ya corren de boca en boca?
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